El viernes tuve que dar una charla bastante diferente al tipo de charla a la que estoy acostumbrado. Lo normal es ir a un congreso, estar rodeado de investigadores, profesores, becarios,…, y ahí tener que dar una presentación de unos 20-25 minutos acerca de aquello sobre lo que investigo. Y lo que suele pasar es que nadie o casi nadie atiende: todo el mundo está con su portátil, leyendo el correo, las noticias o lo que sea. También lo hago yo durante las presentaciones de los demás.
Sin embargo el viernes tuve que ir a dar una presentación de una hora a un instituto. Primera diferencia. La segunda, que la audiencia, los chavales, no tenía ni idea del tema que les presentaba (supercomputación y sus aplicaciones). La tercera y más importante: todos los chicos (a excepción de uno que se quedó dormido, lo cual no difiere de una conferencia cualquiera) prestaron una gran atención. Incluso se lo pasaron bien. Me hizo mucha gracia la total ausencia de vergüenza a la hora de hacer las preguntas más peregrinas que pudiera imaginar. En realidad, sólo un par de preguntas tuvieron algo que ver con el tema que les presentaba, lo cual tuvo mucha gracia. Los chavales estaban encantados viendo cosas que ni sabían que existían. Unas horas después de la charla me acordé de cuando era un enano y venía cualquiera al colegio o al instituto a dar una charla: aquella persona era poco menos que un dios que lo sabía todo sobre el tema que estaba contando. Y ahí fui consciente de que esos alumnos me habían tratado igual.
Una experiencia diferente y que me hizo una gran ilusión. Con mucho, la mejor audiencia que he tenido en una presentación. Y las risas que nos echamos…
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