Después de casi una semana en Aix-en-Provence en la que apenas he tenido tiempo para nada, estoy tratando de coger algo de fuerzas para esta nueva semana que entra. Semana nueva y viaje nuevo. En esta ocasión toca irse a Edimburgo de martes a viernes. Con esto acabo la primera tanda de viajes de esta primavera. Llevo ya dos de tres y estoy bastante cansado. En Francia tocó sesión intensiva todos los días.

El vuelo a Marsella fue con Ryanair. Habitualmente tratamos de evitar compañías de bajo coste cuando volamos por motivos de trabajo, básicamente porque ya bastante tienes con ir a un sitio a trabajar como para que encima te den la paliza con chorradas múltiples dentro del avión, con tener que aguantar a los tipos que vienen a España porque el alcohol es barato y van todavía borrachos en el avión, etc etc. Pero cuando es la forma que hay para ir a un sitio sin hacer escalas, pues se utiliza este recurso (a Edimburgo voy con Easy Jet porque tampoco tengo que hacer escalas). El aeropuerto de Marsella, el MP2, es también de bajo coste: tú te lo guisas y tú te lo comes. Hay unos poquitos mostradores de facturación, done pasas, le ponen la etiqueta a tu maleta, coges tú mismo tu maleta y te adentras en la ‘terminal’ (antiguo hangar ahora convertido en terminal de vuelos de bajo coste) para dejarla tú mismo en una cinta que debe ir directita al avión. Después, una sala de espera ultrasencilla y, cuando te avisan, te vas andando hacia el avión, que ahí no hay fingers ni historias.
En Aix cada día había que madrugar. El sitio de trabajo al que tenía que ir era Cadarache, el CEA. Un sitio curioso. Muchas medidas de seguridad, hasta el punto de que aquello parecía un campo de concentración. Nunca había visto tantas alambradas, tantas cámaras, focos, gente de seguridad … Y todo eso en un recinto enorme (con diferencia el centro de investigación más grande que he visto, superando al FZJ en Jülich) en mitad de un bosque mediterráneo. Ese bosque también estaba dentro del propio recinto. Un día, mientras comía una andouillette que había cogido por error (porque no me gusta nada ese plato), pasó junto a la ventana un jabalí, que debía vivir encerrado en el minicampo de concentración correspondiente a la zona del comedor. Parece ser que es normal encontrarse con jabalíes por allí.
Y el finde ha tocado en Plasencia. Era necesario venir para desconectar un poco: el próximo mes, hasta que me marche de vacaciones, va a ser intensivo, así que hay que recargar un poco las pilas. Me hubiese gustado ir al Womad, pero el cuerpo no aguantaba otra noche más durmiendo poco. Estoy llegando al límite.
Autor