Estaba yo todo contento estos últimos días, al margen de todas las chorradas informativas que nos cuentan los diferentes medios de comunicación, hasta que el lunes desperté de golpe. Como los aviones son el mayor aburrimiento del mundo mundial, siempre compro la revista Gigantes para ir entretenido, pero claro, un lunes, a las 7 de la mañana en Barajas, lo que puedes encontrar es el número de la semana anterior, número que ya había comprado en mi anterior visita a ese chiringuito. Así que tocó comprar El País. En portada la Pe, que unas poquitas horas antes había ganado un objeto fálico dorado y se había puesto muy contenta. Monto al avión. Joder, los de Iberia no dan desayuno, pero sí que te dan un periódico a elegir entre El País, El Mundo, La Razón y ABC. Ok, ya tengo el único que me interesa, así que no presto mucha atención. El hombre sentado a mi derecha pide El País y yo, en un acto reflejo instintivo e intuitivo, desarrollado durante las numerosas horas perdidas en el Metro de Madrid, me pongo a ojear la portada de dicho periódico. ¿Por qué? Vale, ya tenía uno, pero es automático. El caso es que en esa portada no estaba Pe. Ufff, qué mosqueo. Maldita sea. Tiene un periódico diferente al mío. Total, que acabé leyendo dos veces el periódico para ver si encontraba más diferencias entre ambas ediciones. Y así me enteré de toda la actualidad.
Pero los deportes me los salté. Miento: leí la parte de baloncesto, que ahí soy fan fan fan y requetefan. Coincidían ambos artículos. ¿Por qué no defiende la gente todo el partido en zona a los equipos de Dusko? Es una reflexión en voz alta. El caso es que no sabía que había Champions esta semana. Ni que el Barcelona había perdido, porque aunque tuve la tele puesta el sábado, ni presté atención. Al llegar a Barajas, una vez en el Metro, noté que algo raro pasaba. Una horda de bichos regordetes, calvos, con la cara roja y hablando algo que parecía inglés pero sólo con la ‘a’, llenó el vagón. De repente, una camiseta del Liverpool. Ummm, pues a lo mejor es que juega aquí ese equipillo. No me dio por comprobarlo. Ayer, voy caminando de vuelta a casa cuando me cruzo con otra horda de energúmenos, pero en este caso vestían de azul y blanco, y hablaban como los gallegos, pero con una ‘s’ sonora más molona. Los del Oporto. Buscando tascas no muy lejos del Calderón para llegar calenticos al partido. Detrás de ellos, otros bichos, vestidos de rojiblancos, bufandas en mano, dando voces en un idioma que parecía madrileño-chungo-común. Confirmado: había partido. Se acabó la independencia informativa de la que gozaba: la realidad me atrapó ahí y ahora no sé cómo salir. Supongo que cuando se marchen de esta ciudad los tipos de la cara colorada, todo mejorará.
Hasta entonces… tendré que buscar alguna instalación de petanca, un poco alejada de los estadios de fútbol, para pasar este mal trago.
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