Hoy he aprovechado que no llovía y que hacía un tiempo decente para salir a dar una vuelta en bici. El objetivo era llegar hasta Navaconcejo siguiendo caminos, ya que lo de ir por la carretera del Valle es algo que no me hace demasiada gracia viendo el nivel de circulación que hay estos días. Cosas de la invasión de madrileños. Como soy un cafre, no me he dado cuenta de que los viejecillos y gente que se deja sacar a pasear por su perro invaden estos días el único camino mínimamente acondicionado que hay en Plasencia y que está dentro de la ruta que tengo que tomar para ir Valle del Jerte arriba.

Hace un par de años, la alcaldesa presentó a bombo y platillo el BiciPlas (nombre imaginativo donde los haya), algo parecido a lo que hay en varias ciudades españolas. Como eso no parecía gran cosa en una ciudad pequeñita como esta, en la que no hay carril bici y en la que dejar la tuya propia atada a cualquier señal de tráfico significa que te la van a robar, la susodicha anunció que iba a crear carriles bicis para popularizar el uso de la misma y bla bla bla. Ya sabes: cosas que suelen decir los alcaldes y que saben que no van a hacer. Desde entonces, lo que se ha hecho ha sido poner, en una calle (ojo, una, no dos), una pintada en el suelo que pone ‘Parking bici’. No hay más: no hay hierros para dejar la bici, no hay carril alrededor para poder llegar a este parking, de dos por dos, sin peligro de que te atropellen,… Es decir, el gasto en infraestructuras para bicicletas en dos años ha sido el coste de un bote de Titanlux. Con dos cojones. Ah, y el BiciPlas desapareció porque nadie utilizaba ese servicio.
Bueno, que me he desviado. El caso es que volviendo ya a casa, un poco cansado, me he encontrado con que el camino estaba petadísimo de personal. Por un lado están los viejos que van a pasar la tarde y revisar las obras, también te encuentras con los que van con el perro atado a una correa kilométrica, los que sacan a los niños con unas bicis enanas a ver si se pegan la megaleche o caen al río y se pasan el resto de la tarde en el hospital, los caballos sueltos por ahí, e incluso los irus haciendo el capullo con la moto. Toda una fauna. Y con el paso del rato te vas mosqueando de tener que estar todo el rato parado, esperando a encontrar un hueco por el que adelantar a ese tío que utiliza todo el camino con su perro y su correa extensible. Pero bueno, no es cuestión de evidenciarlo demasiado.
Pero si de repente una señora, una VIEJA como dirían Faemino y Cansado, te dice aquello de ‘A ver si te compras un timbre’, cuando vas con luces, botella de agua, casco, cuentakilómetros, accesorios para arreglar pinchazos, teléfono móvil y demás chorradas para cualquier imprevisto, pues te mosqueas. Y me he parado, algo rarísimo, y le he dicho que cuando me compre el timbre, ella tendrá que explicarme cómo es posible que dos VIEJAS que van contándose todos los chismorreos habidos y por haber (coño, para eso está la peluquería, que vamos a perder todas las costumbres a este paso), ocupen todo el ancho de un camino de tres metros, tres, de anchura y al mismo tiempo ser capaces de irse dando golpecitos en el brazo. Increíble. De aquí te sale un estudio mucho más interesante que el de la calidad del semen español.
Próximo día: me voy a coger el camino que sube hasta los repetidores de televisión, que ahí no sube ni el tato. Al menos las viejas no. Es lo que tienen los desniveles de más del 15%