Ayer tocó visita a Heidelberg. Desde que llegué aquí todo el mundo me decía ‘Tienes que ir a Heidelberg, es de lo mejor que hay en Alemania’. No está mal. Llegué allí a eso de las 11 de la mañana, después de una peripecia de autobuses, tranvías, trenes,… Lo primero era tratar de conseguir un plano y me encontré con una cola kilométrica en la oficina de información que hay a la salida de la estación de trenes. Pues sin plano, que no estoy para esperar 15 minutos por un papelote.
Pregunto a un hombre que pasaba por allí. Habla inglés. Respuesta, traducida a un perfecto español: “eso está pallí, mú lejos”. Bueno, a andar. A los 20 minutos, que tampoco era tan lejos, llego al centro de la ciudad y me encuentro con la sorpresa: están celebrando un festival medieval. En cada plaza de la ciudad, un concierto y puestos en los que comprar cerveza y comida (carne o salchichas, podías elegir
). Intento recordar los chiringuitos que más me gustan a primera vista y me marcho a recorrer el resto de la ciudad. Subida al castillo, universidad,…
Una vez acabada la misión ‘guiri’, toca integrarse. Me marcho a una de esas plazas, compro una cerveza y una bratwurst. Me busco un huequecillo en una de las mesas y comienzo a hablar con la gente que había por allí. Como dice Jafuda, esta gente te integra a toda leche, y si es en sitio donde el personal habla muy bien el inglés, pues más fácil aún. Cuatro cervezas después, dos o tres bratwurst en el estómago y unos cuantos dulces, decido que es momento de irse, que queda una hora de camino hasta mi casa y otra peripecia de trenes y autobuses.
Esta semana empieza el Oktoberfest aquí. Habrá que integrarse, one more time. Ah, me dio por preguntarle a uno que qué le parecía el Oktoberfest de Munich. Su respuesta “¿A quién le interesan las montañas rusas habiendo cerveza?”


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