Al día siguiente de llegar aquí decidí salir a correr un rato. La selva negra está aquí al lado y pense ‘a ver qué tal está eso’. Fui corriendo en dirección hacia el centro de trabajo (que está incrustado en mitad de un bosque espectacular) y a unos dos kilómetros de casa, giré por uno de los múltiples caminos que hay en dirección Karslruhe (si miras un mapa de la ciudad, verás que salen unas rectas interminables hacia el norte que son en realidad caminos para peatones o bicicletas. Esos caminos suelen estar asfaltados, no así los que no se ven en los mapas y que conectan en perpendicular dichos caminos.
Bien, si te gusta correr, montar en bicicleta, pasear,…, este es tu sitio. No he sacado fotos porque ir cargado con una réflex mientras corro es un poco incómodo, pero a ver si un día me doy un paseo y pongo alguna por aquí. El bosque es muy, muy denso, con unos árboles enormes y la facilidad para perderse es grande. El segundo día que salí, decidí innovar, ir de un camino a otro, hasta que me perdí. Por suerte encontré unas casas por ahí perdidas y pregunté. Los que estaban por allí no hablaban inglés, pero bueno, con palabras claves conseguí localizarme. Ahí también descubrí que es mejor salir antes de las 7, que a partir de esa hora empieza a oscurecer un poco (ahí el bosque mola más) y la gente desaparece totalmente de la zona.
El sábado me propuse empezar a correr, dirección sur, hasta donde llegara. Llegué hasta el castillo de Karlsruhe. Eso son unos 9 kilómetros desde casa. Ir no fue un problema. Volver, sí. De todos modos, lo de salir cuatro días a la semana a correr no me lo quita nadie