Durante las pasadas vacaciones de Semana Santa decidí comprarme una bici. Era horrible salir de casa con el coche y no poder ir a ninguna parte sin encontrar un atasco, dar mil vueltas para aparcar,… un coñazo. Está siendo terrible lo de estas semanas en este pueblo, porque se han juntado las fiestas de Semana Santa con la floración de los cerezos en el Valle del Jerte y está todo lleno de turistas (es lo que tiene esto de las coincidencias). Y aunque no hubiera ningún turista, esto está imposible: hay días que llego con un cabreo tremendo a la escuela de idiomas por las jodidas vueltas que tengo que dar para encontrar un aparcamiento (y eso que intento aparcar por Sor Valentina Mirón, nada de intentar ir más cerca porque es imposible).

Así que después de unos 12 años sin coger una bici, aquí estoy con 108 kilómetros en cuatro días (están haciendo un camino hasta la presa que te permite ir desde el barrio de San Miguel hasta dicho lugar sin peligro por los coches, espectacular). Ya han vuelto las típicas situaciones del pasado: el viernes tres gitanillos salieron corriendo detrás mío, con intenciones nada buenas, al pasar por el barrio de San Lázaro y otros dos más al pasar por el Bron (que obviamente se llama así porque pronunciar una ‘x’ después de consonante es un imposible por estos lares). Como en los viejos tiempos. Y es que hay cosas que no cambian. Bueno, sí: antes conocía a los gitanos que intentaban salir corriendo y no había problemas. Ahora sólo me falta encontrar un Mendo que se pegue hostias en cualquier situación y un Pepe que invite a merendar.
Dentro de unas semanas, excursión a Monfragüe. Entre ir y volver (añadiendo unos cuantos caminos que hay por ahí desperdigados), unos 70 km. Como antes.